En medio – El mito de Ciber Prometeo
Este espacio pretende ser una llave abierta al flujo de ideas en torno a las diversas construcciones de lo que llamamos realidad; la literatura, el arte e incluso la historia son estructuras imaginativas que dotan de sentido al mundo. Comencemos, pues, con el periodismo. Pero en especial, ése que se piensa en ocasiones como la panacea del siglo: el periodismo digital. Que no es otra cosa que un mito, como lo veremos a continuación.
Hay, al menos, tres mitos en torno al oficio de informar: el de la objetividad, pues todo periodismo contiene una carga ideológica, misma que se refleja en la serie de decisiones valorativas que conducen su diario ejercicio; el del periodismo puro, pues no existe una forma única que podamos llamar profesional de ejercer el periodismo, cuando éste pende de la política; y el de la tecnología que, al incorporarse al periodismo para dar como resultado lo que se conoce como ciberperiodismo, lo ha dotado de un halo místico que lo sublima y encumbra como una de las más grandes utopías contemporáneas.
Sobre esto último se ocupan a cabalidad los investigadores catalanes: Nuria Almiron y Josep Manuel Jarque, para quienes “los avances tecnológicos sólo tienen efectos verdaderamente generalizados y beneficiosos sobre la sociedad cuando dejan de mitificarse”.
Así, en su reciente libro El mito digital: Discursos hegemónicos sobre Internet y periodismo (Anthropos) deshilvanan las falsas creencias en torno a los avances tecnológicos y los desmitifican para dotarlos, quizás, de su justa dimensión. Y es que, si bien los mitos —entendidos éstos como narraciones que no implican pruebas, y en consecuencia se basan en creencias— ofrecen una explicación a cuestiones complejas, son también instrumentos de poder, y, por tanto, pueden llegar a ser peligrosos.
Los autores así lo explican:
“El mito es un tipo de discurso público con una estructura típica e iterativa, con diferentes funciones y utilidad de acuerdo a las necesidades, el poder o estatus de quienes lo emiten o reciben, y con significaciones sociales diferentes.”
Se trata de una visión obtusa de la realidad en la que se mira sólo una parte de ésta y no la totalidad. “Se erige —dicen los académicos— en un discurso totalizador, en una ideología con vocación hegemónica y dominadora que dificulta y obstaculiza un contacto complejo con los procesos sociales de los que informa”.
“Así, en lo relativo al periodismo, los discursos hegemónicos sobre su relación con las tecnologías digitales han hilvanado una narrativa mítica que mantiene poco contacto con la praxis que pretendidamente describen.”
Basta recuperar la memoria histórica para caer en la cuenta de las reiteradas promesas universales que cada nueva tecnología ha traído consigo sin que se hicieran realidad. Las mismas esperanzas de cambio, de revolución social, política, económica y subjetiva que se atribuyen hoy a la digitalización fueron atribuidas en su momento al ferrocarril, al telégrafo, la electricidad, el teléfono, la radio, la televisión, sin que, en realidad, hayan sido éstos causas autónomas de los cambios.
Parece que reiterar tal suerte de promesas sólo puede hacerse negando la historia. “Jamás ha existido nada parecido a una lógica interna de la tecnología; todo lo contrario, la invención, el desarrollo y la aplicación de las nuevas tecnologías de la comunicación y la información suelen estar influidos por el contexto económico, político y social”, apuntan los autores. Y añaden: “El discurso digitalista genera falazmente las expectativas de cambio que los ciudadanos desean oír —más igualdad, más democratización, más seguridad, mejor educación… El mito digital se constituye así en la última versión del mito tecnológico-determinista y de sus diversas utopías.” Y, es más, al contrario de lo que se pudiera pensar, es ideológicamente conservador.
El mito digital es un volumen provocativo tanto para los que ven, ante la nueva realidad digital, la amenaza de una crisis del periodismo como negocio y como profesión, como la promesa de un oficio periodístico más solidario, más abierto y más democrático. Y es provocativo porque erróneamente, como reconocen los autores, todas las actitudes críticas han sido sistemáticamente acusadas de tecnófobas, mientras el discurso dominante de los últimos 30 años es regido por el mito de CiberPrometeo: Internet es el fuego que el Prometeo moderno entrega a los hombres de hoy para dotarlos del poder con el cual satisfacer sus ambiciones. Y el mito tiene profusos seguidores: tecnoutopistas, ciberprofetas, ciberiluminados, gurús cósmicos; muy pocos se arriesgan a contradecirlos, pero quizás sea a éstos a quienes valga la pena escuchar.


